El pasado jueves, Jesús salió de los muros del templo y tocó la calle. Recorrió la tierra que pisamos todos los días, la del trabajo, la del mercado, la de los niños jugando y los autos pasando. No vino oculto. Vino expuesto. Vino como está en la custodia: entero, presente, mirando y dejando que lo miremos.
La procesión de Corpus Christi comenzó en la capilla de la Inmaculada Concepción, en la colonia La Rosita. Desde ahí, el Santísimo recorrió calles entrañables de nuestra comunidad: la placita Martínez Adame, la calle 20 de noviembre, las esquinas de siempre. Fue un caminar de gente sencilla y corazón abierto. A su paso, hubo silencio, cantos, algunas lágrimas, rodillas que se doblaron, y otras que no sabían qué hacer… pero que sintieron que algo grande estaba pasando.
A lo largo del recorrido, se encontraron cinco altares, cada uno representando un continente. No fueron obra de casualidad: los prepararon con amor los grupos pastorales de la parroquia, y las familias de las casas anfitrionas abrieron sus puertas para que Jesús las habitara. Cada altar fue un pequeño grito de fe en medio del mundo: "Aquí te esperamos, Señor".
Presidida por el padre Vicente Cancino Ordóñez, CMF, y acompañada por el equipo de ministros, liturgia, los grupos juveniles y miembros de toda la pastoral parroquial, la procesión continuó hasta llegar al corazón de Torreón. Ahí, entre el ruido, el tráfico y la prisa, estaba Él. Y aun entre tanto movimiento, hubo quienes se detuvieron. ¿Cómo no hacerlo?... Si Cristo estaba frente a nosotros.
Al llegar a nuestra parroquia, el Santísimo ya nos esperaba para una Hora Santa. El padre Irenius Banggun, CMF, nos recibió, y en ese espacio de silencio frente al Amor vivo, descansamos. No había prisas. No había otra cosa más que estar con Él. Cara a cara. Corazón a corazón.
Después, continuamos con la celebración de la Santa Misa del Cuerpo y la Sangre de Cristo, presidida por nuestro párroco, el padre René Pérez Díaz, CMF. En su homilía, nos invitó con fuerza y ternura a no quedarnos solo con la emoción del momento, sino a buscar al Señor cada día: a reconciliarnos con Él, a acercarnos al Sacramento con el corazón limpio y deseoso, a no perder el hambre de su presencia. Fue una misa viva y hermosa… de esas que se recuerdan por largo tiempo.
Terminamos el día llenos. Llenos de Él. Porque no era para menos, nos habíamos encontrado con el Cuerpo de Cristo. Él, quien hace nuevas todas las cosas.
Ese día no fue un acto más del calendario. Fue Cristo saliendo a buscarnos. Y ojalá nosotros, ahora, vayamos también a buscarlo… no solo cuando salga, sino en cada misa, en cada sagrario, en cada silencio que nos regale su paz.
Porque la Eucaristía no es un recuerdo, es una presencia.
Y cuando lo sabes, cuando lo vives, ya no puedes seguir igual.